... la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos, dispuesta siempre a las represiones violentas, enemiga del progreso y de las innovaciones... la leyenda que habiendo empezado a difundirse en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces...

Julián Juderías, La Leyenda Negra, 1914

domingo, 7 de octubre de 2007

La Idea de Imperio Universal

La estrategia habitual para defender a España de La Leyenda Negra consiste en denunciar las mentiras, exageraciones y tergiversaciones históricas sobre las que está montada dicha Leyenda. Desde un punto de vista historiográfico ésta es una tarea esencial.

Sin embargo, puesto que la Leyenda Negra surgió en los siglos XVI y XVII para atacar ideológicamente al «Imperio Católico Español», otra forma de defender a España podría ser mediante la reivindicación de la Idea de «Imperio» como elemento histórico y filosófico fundamental para entender la Historia Universal.

Aquí nos encontramos con un importante escollo, pues en nuestros días los términos «Imperio» o «Imperialismo» están tan absolutamente desprestigiados (y muy especialmente entre los que se dicen de «izquierdas» y/o «progresistas») que difícilmente podremos ensalzar la Idea de «Imperio» y el papel de España como «Imperio Universal» sin ser calificados automáticamente de fascistas o cosas parecidas.

Sin embargo, desde un punto de vista materialista, y pese a quien pese, la importancia de la Idea de «Imperio» es tal que el único sentido que cabe dar a la «Historia Universal» es el de «Historia de los Imperios Universales».

Quédese esto bien grabado en nuestras cabezas:

Historia Universal = Historia de los Imperios Universales

De ahí que la importancia que haya podido tener España dentro de la llamada «Historia Universal» deriva, ni más ni menos, de la condición que haya podido tener de «Imperio Universal».

Esta tesis, mantenida por Gustavo Bueno en «España frente a Europa» (capítulo III: «La Idea de Imperio como categoría y como Idea filosófica»), es la que trataremos de exponer a continuación muy simplificadamente.

La concepción de la «Historia Universal» como «Historia de la Humanidad» en la que un «Género Humano», dado desde el principio de la Historia, se va desplegando (o evolucionando) hasta llegar al presente, es una concepción puramente metafísica. Y es igual de metafísica tanto si se considera al Género Humano desde un punto de vista teológico como si se lo considera desde un punto de vista zoológico.

Desde un punto de vista teológico la Historia Universal se nos presentaría como siendo contemplada por Dios. El despliegue del Hombre (creado por Dios) comenzaría con el pecado de Adán, continuaría con Jesucristo y terminaría con el Juicio Universal. Es evidente que desde la posición materialista y atea que aquí mantenemos esto es inaceptable.

Desde el punto de vista zoológico la Historia Universal consistiría simplemente en la «evolución de la especie humana». El despliegue partiría de unos primates prehistóricos que a lo largo de un proceso evolutivo habrían dado como resultado al «hombre histórico». Sin embargo, tal reducción zoológica también resulta inaceptable, pues es imposible deducir al «hombre histórico» a partir de esos primates prehistóricos. Si esta deducción se consigue ahora tan fácilmente es sólo debido a que el modo zoológico cae en una especie de «círculo vicioso» en el que está dando por supuesto al «hombre histórico» (ya sabe que ha tenido lugar a partir de dichos primates). Esta petición de principio que parte del «hombre histórico» para poder llegar a él es lo que el materialismo filosófico denomina «dialelo antropológico».

Por lo tanto, la Historia Universal no consiste en el metafísico despliegue del Género Humano desde su origen hasta el presente:

Historia Universal ≠ Historia del Género Humano

Y es que el Género Humano no está dado desde el principio como un bloque homogéneo que va progresando globalmente a lo largo de la Historia Universal. Lo que realmente existen son grupos humanos repartidos y enfrentados unos con otros en su pretensión de proyectar sus planes y programas (ortogramas) a todos los demás. Es lo que en el materialismo filosófico se denomina despliegue de «ortogramas imperialistas».

La Historia Universal consiste en que determinadas sociedades humanas desplieguen sus «ortogramas imperialistas» con el fin de extender entre el resto de grupos humanos su forma de vida (costumbres, lengua, religión, instituciones, etc.). Es en este intento imperialista de englobar al resto de los humanos en el mismo ortograma cuando se constituye el «Género Humano», la «Humanidad».

El Género Humano se construye a lo largo de dicho proceso histórico en el que sociedades y culturas diversas luchan incesantemente entre sí para llegar a constituirse en «Imperios Universales» y así controlar (y construir) dicho Género Humano.

El Género Humano no es una realidad dada ya desde el principio de la Historia. El Género Humano (la Humanidad) es una Idea resultante de la confrontación de sociedades y culturas diversas a lo largo de un proceso histórico. La «Historia Universal», desde coordenadas materialistas y no metafísicas, es la «Historia de los Imperios Universales», definidos en función de un «Género Humano» que no está dado previamente sino que es lo que se trata de construir.

El Género Humano no está pues al principio de la Historia Universal sino al final de la Historia de los Imperios Universales:

Historia de los Imperios Universales → Género Humano

Dicho en palabras de Gustavo Bueno:

«No cabe hablar de una “Historia Universal” como “Historia de un Género Humano” que sea dado como presupuesto desde el principio. ¿Se deduce de aquí que la Historia Universal sólo puede entenderse como un proyecto metafísico carente de sentido? No, porque el proyecto de una Historia Universal puede recuperarse como proyecto filosófico de una Historia de los Imperios Universales, si es que estos Imperios se definen en función del Género Humano que no puede estar dado previamente a su constitución. Dicho de otro modo: la Historia Universal no podría concebirse, sin más, como la Historia del Género Humano, ni siquiera como la Historia de las sociedades humanas, o de las sociedades políticas (de los Estados); porque estas “Historias” seguirían siendo, en realidad, Antropología o Etnología. La Historia Universal es la Historia de los Imperios Universales y todo aquello que no sea Historia de los Imperios no es sino Historia Particular, es decir, Antropología o Etnología. Desde este punto de vista, la Historia Universal podría dejar de ser acaso un proyecto metafísico para convertirse en un proyecto práctico-positivo. Porque la Historia Universal dejará de ser la “exposición del despliegue del Género Humano desde su origen hasta el presente” (la “Historia de la Humanidad”), para pasar a ser la “exposición de los proyectos de determinadas sociedades positivas (políticas, religiosas) para constituir el Género Humano”, es decir, para comenzar a ser Historia de los Imperios Universales».

»(…) la Historia Universal tomará necesariamente la forma de la exposición del conflicto incesante entre los diversos Imperios Universales que se disputan la definición efectiva, real (el control, por tanto) del Género Humano». (España frente a Europa, pág. 209-210).

Por tanto, vemos que lejos de ser una idea despreciable, como comúnmente se piensa, la idea de Imperio es fundamental para alguien que, con un mínimo de seriedad, quiera considerar la idea de Género Humano o de Humanidad.

Y es que, desde un punto de vista materialista, la importancia que pueda tener la Idea de Género Humano (de Humanidad) radica precisamente en su vinculación con la Idea de Imperio, ya que es a lo largo del despliegue de la Idea de Imperio cuando aparece, a su vez, la Idea de Género Humano. Y es aquí donde radica nuestra reivindicación de la Idea de Imperio, muy lejos de esas concepciones idealistas en las que muchos, al mismo tiempo que se les llena la boca con la idea de Humanidad, abominan de la idea de Imperio.

En «España frente a Europa» Gustavo Bueno distingue cinco acepciones políticas del término «Imperio». Concretamente, la tercera acepción, la denominada «Imperio diapolítico» es la que se corresponde con lo que los historiadores (y la opinión general) entienden habitualmente por Imperio en su sentido político. Es decir, un sistema de Estados organizados de tal modo que uno de ellos se constituye en hegemónico políticamente sobre todos los demás, que ejercen como vasallos, tributarios o subordinados del «Estado imperial».

Una de las situaciones límites del Imperio diapolítico (límite inferior) es la del llamado «Imperio depredador o colonial». Es el caso de los «imperios capitalistas» de finales del siglo XIX a los que se refiere Lenin en «El imperialismo fase superior del capitalismo». Y éste es el concepto de Imperio que tienen en mente, suponemos, los que, desde las izquierdas, se manifiestan contra el Imperio y el imperialismo. Sin embargo, hay que decir (en nuestra defensa de la Idea de Imperio) que los «Imperios depredadores» no son estrictamente Imperios en sentido político pues en ellos el Estado hegemónico se limita a explotar y depredar los recursos de los Estados sometidos sin que se busque la conservación de dichos Estados ni la generación de otros nuevos. No existe una relación política en el mismo plano entre los Estados que constituyen el Imperio. Los Imperios depredadores, en todo caso, serían Imperios en grado cero.

El Imperio Español, al igual que el Imperio Romano, no fue un Imperio depredador sino un «Imperio generador»:

«Un imperio es generador cuando, por estructura, y sin perjuicio de las ineludibles operaciones de explotación colonialista, determina el desenvolvimiento social, económico, cultural y político de las sociedades colonizadas, haciendo posible su transformación en sociedades políticas de pleno derecho».

»(…) El Imperio romano o el Imperio español serían los principales ejemplos de Imperios generadores: a través de sus actos particulares de violencia, de extorsión y aun de esclavización, por medio de los cuales estos imperios universales se desarrollaron, lo cierto es que el Imperio romano terminó concediendo la ciudadanía a prácticamente todos los núcleos urbanos de sus dominios, y el Imperio español, que consideró siempre a sus súbditos como hombres libres, propició las condiciones precisas para la transformación de sus Virreinatos o provincias en Repúblicas constitucionales» (España frente a Europa, pág. 465-466).

A lo largo de la Historia Universal se habrían ido sucediendo los Imperios desde Oriente a Occidente (siguiendo el curso del Sol): asirios, medos, griegos y romanos, de modo que, en esta sucesión, el Imperio español habría sido el último Imperio Universal posible pues con él se habría llegado al extremo occidental y se habría circunvalado toda la Tierra.

«¿Qué se debe a España? Desde hace dos, cuatro, diez siglos, ¿Qué ha hecho por Europa?» se preguntaba insidiosamente el francés Nicolas Masson de Morvilliers en el siglo XVIII para responder en términos totalmente negativos para España. Pues bien, podemos afirmar con orgullo que España, en tanto que promotora de un Imperio Universal (el mayor de todos los realmente posibles hasta entonces) ha contribuido enormemente a la formación de la Humanidad y por tanto ha de figurar con palabras mayúsculas en la Historia Universal. Otros pueblos europeos, como el francés, si bien lo han intentado han sido incapaces de desarrollar un ortograma imperial viable. Mientras que ingleses y holandeses lo máximo que consiguieron fueron nefastos imperios depredadores. Curiosamente, franceses, ingleses y holandeses fueron los grandes propagadores de nuestra Leyenda Negra.